sábado, 14 de octubre de 2017

Fobos



Mira hacia atrás y aún sigue ahí. Ha ajustado el paso al suyo desde que salió de aquella tienda, o velador, o biblioteca –todo se revuelve en la memoria, masa confusa que le ciñe las muñecas y se le queda pegada ahí, en la mitad del cráneo, justo donde se encuentran ambos hemisferios, pequeño y resistente trozo de cinta adhesiva que impide que se le separe la cabeza en dos, como una sandía, porque así cree que la miran todos, se mofan del jugo rojo que se eleva hacia arriba como vaho, como una señal que la delata, ven aquí, el recuerdo de toda una tarde derramado en nada viscosa y flotante-.

Acelera el ritmo y cambia de dirección porque sabe que sigue ahí, siente que sigue ahí, alguien le ha enterrado una certeza en el pecho o ha dejado que el horror la devore sin prisas. Escucha sus pisadas -¿hombre, mujer?- como un metrónomo constante que la somete a su compás. Al principio, pasos suaves camuflados con los suyos atentos, alerta a lo que se acerca por detrás, siempre por detrás, en la negrura donde la vista se pierde y olvida la nitidez, bajo las farolas que parpadean –se apagan, se encienden, se apagan- sobre ella; ahí todo es más lúcido, los márgenes se mantienen firmes por un instante antes de desdibujarse de nuevo, todo se congela a un tiempo y se oye una voz lejana que repite dos, tres, cuatro veces la misma palabra, siempre la misma palabra, susurrada desde ninguna parte o muda en algún rincón de la mente, palabra que la persigue como aquella figura sin rostro, que se escurre y chilla dentro del oído: corre.

Entonces sabe lo que sucede, todo se rompe ante ella sin crujir, en silencio, y sólo quedan el miedo y aquella voz sin dueño que a veces parece la suya y repite, repite, repite asentada ya en la raíz del cerebro, en lo más profundo, donde ya la imagen se ha perdido y ni siquiera alumbran las farolas para ver aquel cuerpo desmadejado que se arrastra con los ojos huecos. Corre.

Primero, sí, pasos suaves, pero luego el corazón en la garganta porque sabe que ya se acerca, ya llega, ya la va a agarrar por el talón como siempre, como cada noche, porque cada noche la espera allí, a la salida de alguna tienda, velador o biblioteca que nunca recuerda. Entonces, en la oscuridad, la sigue por las calles que se van quedando vacías, la gente que antes la miraba ha desaparecido, y ya nota el temblor en los dedos como lombrices sin aire, siente cómo se le retuerce algo en el fondo y corre sin poder mirar atrás, el terror le paraliza los músculos, se le ha metido hasta el tuétano del hueso. Sabe que no le responderán las piernas porque es demasiado tarde y ahora son de gelatina, perdieron su cualidad sólida en este camino sin retorno; ha llegado la hora, los pies se le quieren hundir en la tierra y ya no puede moverlos –son bloques de cemento, de aceite, de hielo-. Espera a que la parálisis llegue a la cabeza, al cráneo como una sandía abierta en dos que dice ven aquí, y entonces la mira, la observa mientras la agarra por el talón y todo se desvanece. Ahí está, su sombra, devorándola desde abajo y clavándosele en la memoria, clavándole aquello, aquellos. Aquellos ojos huecos.

lunes, 2 de octubre de 2017

Terpsícore


Un, dos, tres, cuatro. El impulso de la pierna izquierda desde cuarta posición, la cadera inmóvil, la espalda recta, el cuello erguido, como si tu cabeza sujetara una manzanita o un hilo invisible quisiera elevarte, le habían dicho tantas veces.

Cinco, seis, siete, ocho. El equilibrio de un cuerpo totalmente vertical con el eje en el ombligo, el vientre encogido, hacia dentro, los órganos queriendo protegerse de la rotación y el impacto, rotación e impacto.

Nueve, diez, once, doce. El pecho elevado y abierto para mantenerse recta, porque el equilibrio, es que el equilibrio…, tantas veces le habían dicho, guarda el equilibro o la caída será ridícula, ¿quieres ser ridícula?, la voz de la maestra resuena aún en sus oídos: guarda el equilibrio.

Trece, catorce, quince, dieciséis. Plié. La flexión. El impacto. Y de nuevo.

Diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte. Los hombros fijos y bajos para alargar el cuello, porque qué es una bailarina sin un cuello largo (¿eres un cisne o un pato?, le habían dicho).

Veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro. Y la mirada siempre fija en el mismo punto, trescientos sesenta grados en menos de medio segundo, el esfuerzo camuflado para ser etérea, le han enseñado a serlo –tantas veces, tantos años-, el sudor resbalando clavícula abajo, pero en el palco nadie ve nada, nadie oye nada –el impacto sordo-, y a la hora de la verdad se transforma en un cuerpo que sencillamente vuela y gira, salta, se dobla sobre sí mismo y sigue siendo nada, aire, una magnífica ilusión óptica. Un truco de magia.

Veinticinco, veintiséis, veintisiete, veintiocho. Los brazos relajados, paralelos a la pierna que oscila abriéndose y cerrándose, mostrando apenas la hiperextensión, el hueso rotado desde la cadera y el empeine curvo –sus propias garras- acabado en la punta que guarda la deformidad de sus dedos monstruosos, pero qué bellos al sostener, entre pulgar e índice, la totalidad del peso, cuarenta kilos, de la cabeza a la última falange.

Veintinueve, treinta, treinta y uno, treinta y dos. El tobillo aguanta el impacto final sin tambalearse. De nuevo en cuarta. A su espalda, los treinta y dos fouettés de una primera bailarina.

Siempre le gustó. Desde el primer día; ya con cinco años, cuando la profesora se presentó, esbelta y volátil, ante una veintena de ojos infantiles. Entonces la habían atraído el rosa (medias rosa, maillot rosa, zapatillas rosa) y la gracia aérea que mostraban las películas. Así que el rosa se convirtió en su color y las tardes entre barras y espejos pasaron a ser sus preferidas. Por eso, cuando le dijo aquello por primera vez, le pareció una broma de maestra antigua, un comentario soltado al azar para hacer reír a sus compañeras –veinte ojos infantiles-. Qué gorda estás. Y ella sonrió como sonríen los simios aterrados, porque era lo único que sabía hacer. No la habían enseñado a defenderse. Aún no. Y sintió de repente la frialdad del estudio y las miradas en su nuca, notó la expansión del espacio que acompaña a la vergüenza, percibió dónde estaban situadas las barras y cuánto distaba un cuadro de otro –mujeres, casi adolescentes, caleidoscopios de huesos-. Tienes que adelgazar, o ¿has visto alguna vez vacas bailando? Sus compañeras –una veintena de ojos infantiles en caras flacas de cuerpo flaco- se rieron. Y fue aquella humillación la que le descubrió lo que no era rosa, lo que nadie veía sobre el escenario ni podía imaginar. En su mundo –el mundo de todos-, donde bailar era fácil, algo insulso y empalagoso, reservado a niñas rosas como ella, no cabía aquello. Luego, el ardor contenido en las mejillas. Las lágrimas obligadas a no caer –te aguantas y te las tragas-. El vértigo en la boca del estómago. La disciplina extranjera. La violencia. Y la rabia.

Se aprieta el moño hasta que los ojos se le vuelven asiáticos. Diez minutos para la siguiente pieza. El escenario esperándola y ella, una mujer frente a un espejo. Su última función. Será Saint-Saëns, como siempre había soñado. La muerte del cisne.

Vuelve a recordar –el camerino ya ordenado, todas sus fotografías en el bolso, el maquillaje, los autógrafos rusos, los vestidos, las flores en su lugar-. La profesora que la humilló durante años. ¿Qué no le debe a ella ahora? Los focos que han ido acabando con su vista, la oscuridad del teatro, los aplausos, las rosas, la fama. Todo reducido a horas de tensión en que le sujetaba la rodilla y repetía: más alta, más alta. El pie que nunca conseguía llevar al muslo y los infinitos días en que lo intentaba, sola, en casa, frente a un espejo que le devolvía su penosa imagen, intentando abrir completamente la cadera. Las palmadas de la maestra mientras gritaba -¡relevé, relevé, relevé!-. La primera vez que se puso los zapatos de punta, el dolor atroz que la recorrió de los pies a los cabellos durante meses, las uñas arrancadas, la presión hasta que consiguió deformar el empeine y caminar sobre los pulgares.

Qué es aquello en comparación con lo que ha conseguido, ahora que su carrera termina demasiado pronto. Qué suponen el sufrimiento y la ira latente si una ha vivido para llegar a este punto en que el corazón rebosa de soberbia y furia, se acelera imaginando la ovación, el aplauso general, el público al que no puede ver pero sabe de pie, el ruido ensordecedor que marcará a fuego su nombre en las décadas futuras, porque, finalmente, qué es el poder sino un apellido que el mundo adore y tema, qué es la fama sino la vanidad devorándose a sí misma, rabiando con sangre en el espíritu viejo, elevándose sobre el resto del universo. Saldrá a escena como un cisne moribundo y se despedirá con un alma felina. Para que queden en el recuerdo sus ojos que jamás se volvieron agua. Su gracia inhumana, su saludo por fin carente de humildad, su mueca sonriente y salvaje. El desprecio. El orgullo.

Así que eso era el triunfo que tantos años había perseguido. Consumará hoy un deseo vivo desde la infancia, aquellas tardes clavadas en la lucidez de la memoria donde ya imaginaba su figura en el cartel. Se veía imponente, fiera. Y el odio –hacia la profesora, hacia sus compañeras, hacia sí misma-, ese odio que la ayudó a seguir avanzando. El día en que ejecutó un adagio impecable, perfecta en la contención del movimiento, la flexibilidad, la fuerza y el ritmo, intachable en la pieza más dura, nadie la felicitó. En su mundo, la falta de crítica era el mejor halago. Al llegar a casa, devoró primero para vomitar después el pastel con que su familia la esperaba. La mayor alegría de su vida. Y en el recuerdo, la envidia de las demás alumnas, el disgusto en sus gestos, el asco de sus miradas volvían su logro aún más brillante.

Sintió en la piel el poder, como también volvió a sentirlo la tarde en que le llenaron las puntas de cristales y bailó, el rostro indiferente, sobre sangre y añicos. Saboreó los primeros aromas de la fama cuando su nombre se extendió por toda la academia con el contrato de una compañía. Olía los celos y la repulsión en las otras, al igual que ella buscaba la venganza en cada triunfo, el fantasma de la humillación infantil guiándola a lo más oscuro del alma.

Porque también ella había mentido, engañado, herido, robado, lanzado palabras como veneno sobre las demás. Se había enfangado hasta el cuello para llegar donde ahora se encuentra. No lo lamenta. Por el aplauso que espera, por la ovación incontenible, lo habría hecho mil veces más. Como todas. No lo lamenta. Porque así es este mundo en que jamás volvió a vestir de rosa. Por el placer de sentirse superior. Porque, momentos antes de salir a escena, se repiten en su memoria todos aquellos rostros del pasado –la profesora, sus primeras compañeras, la inquietud de su familia, la boca del director en aquel cuarto tan oscuro, aquella primera bailarina cuya carrera se truncó por una desgraciada fractura, su partenaire asustado ante los gritos, los técnicos y sus miradas de horror-.

No lo lamenta. Todos fueron un escalón más hasta la cima, hasta este instante, minúsculas estrellas rotas que la iluminan en su última función.

En el escenario, una mujer.

Frente a ella, el público.

viernes, 7 de julio de 2017

Lejos de Ítaca


Hay un rincón, hay un rincón escondido que palpita su gorgoteo apenas, su pulso de agua suicida, sus gotas resbalando –cloc-, deslizándose –cloc-, con su grito sordo de caída libre a la humedad –cloc, cloc, cloc-.
 
Hay un rincón (que no esquina) respirando oculto bajo la piedra de los muros, agachado, encogido sobre sí mismo como un niño jugando al escondite, quizás aún orinándose con su tensión de décadas, rogando en la lengua de lo estático por sobrevivir al virus de la modernidad, ése que acecha desde hace años con sus implacables pasos de gigante inglés o americano.

Hay un rincón todavía invisible al final de minúsculas calles encaladas, el centro de un laberinto donde girar siempre a la derecha no lleva a ninguna parte, imposible meta que a veces duerme un sueño antiguo bajo el bamboleo y al compás de las palmeras. Entonces, sólo entonces, al saberse seguro, el tiempo todo bosteza con su cansancio de anciano centenario, se acomoda dentro de su lecho de roca y mármol y permanece de nuevo inmóvil, anclado a la tierra, inspirando el paso de los días y el olor de azahar de los naranjos en primavera. Escucha el viento en las alturas, entre las hojas, como un rumor de faldas somnolientas, y recuerda a los hijos que se fueron, nos recuerda, me recuerda, apenas un paseante indefinido en la eternidad de sus crepúsculos de oro.

Hay un rincón de muros rojos y castaños desconchados por las horas, cubiertos de enredaderas, invadidos por el verde de arriba a abajo, acariciados por miles de dedos diminutos que se extienden a lo largo de la piedra como ansias silenciosas, deseos de poseer la eternidad como las alas de una libélula entre las manos, robar los segundos acumulados y engullirlos en su cascada de ramas –en verano florecientes, en otoño deshechas y oscuras, perlas sin brillo, rubíes desgastados en el rosario innumerable de una garganta vieja-.

Hay un rincón donde al atardecer canta una guitarra sus acordes de tiempos árabes, se queja entre notas, lo envuelve todo con su voz y su figura de mujer reclinada, su oscuridad resonante en el estómago, su columna vertebral vestida de escalas, su gravedad alzándose hasta la placa de cerámica de aquel poeta que también recordó, que también añoró, como se añoran, por nostalgia o por exilio, las flores del magnolio temblando entre las hojas.

Sé que ambos escuchamos melodías que nunca dejaron de vibrar bajo la piel, ritmos que depositaron en la orilla del pensamiento memorias más felices, épocas de luz, de barrios alegres, de vendedores de castañas y subastas en los mercados semanales, de fruteras predicando las virtudes de naranjas prietas, esas sandías a punto de reventar y un sinfín de cerezas, cerezas, cerezas rebosantes de color y aroma, tan dulces como su nombre.

Sé que ambos nos fijamos en los dedos de un guitarrista cambiante cada tarde y en la expresión contraída e inmutable con los siglos, los párpados casi cerrados del músico que nunca sabrá quiénes fuimos y somos –quién fue él, quién soy yo, y a veces al contrario-, que toca con dulzura o rabia o pasión condensadas en el sudor de las sienes, emociones quizás fingidas en el instante concreto, pero magníficamente interpretadas con dolor y con entrañas de poeta desdoblado en versos; así que el paseante ocasional –él, yo, ambos- siente las tres punzadas de rigor en el pecho: la del ardor antiguo que el guitarrista de la esquina saca a flote, la del fingido, la del propio.

En el aire flota una intimidad de juventud detenida en la pausa vana del presente. El goteo de la fuente de mármol y hiedra que los estudiantes dibujan por placer ensaya su ritmo único al compás de la guitarra, repite su cadencia honda en la profundidad de la caída suave de las gotas, exploradoras sumergidas para siempre en la unidad del agua acumulada. Los pétalos del magnolio del poeta tiritan como barcas mecidas por la brisa, flotantes nubes sin peso en su condición de nada aérea venida a menos. Sobre el mármol, un gorrión se baña a punto de resbalar y bebe, su pico de niño sediento abriéndose y cerrándose, su cuerpo en miniatura ahuecándose como una bolsa llena de aire, sus plumas trémulas y mojadas sumergiéndose en la fuente. Pía. Su trino suena a tardes de verano y a días en el parque. Luego, se marcha volando. Sus patas sólo dejan en el agua un rastro de flores temblorosas.

Rincón amado, Ítaca lejana que revivo en la monotonía de mis semanas grises y extranjeras. Vuelven a mí los largos días de sol, el canto vespertino de los vencejos, aquella lluvia extraña y violenta que hace crecer los charcos, tan de repente.

Lo recuerdo como un refugio atemporal en la que fue la ciudad de los poetas, hermoso paraíso donde el cielo se vuelve blanco porque el calor asciende desde la tierra; y allí la nieve es una utopía, el frío no existe, y las calles huelen a incienso todo el año, y suenan, como en eco, las campanas y los cascos de caballos en la piedra, y uno no puede evitar perderse entre sus laberintos hasta encontrar rincones con fuente y guitarra y escasos paseantes anónimos, y los niños juegan y los padres riñen y los viejos ríen, y siempre es primavera.

Hay un rincón que se recuerda por nostalgia o por exilio, escondido en la ciudad que una vez fue mía.

Bajo las blancas flores de un magnolio, alguien –tal vez fui yo- la llamó Ocnos.

martes, 18 de abril de 2017

Los ciegos


Abrió los ojos otra tarde cualquiera de cualquier mes de cualquier año. Todo sombras, una vez más. En la espesura de la noche, de su noche, volvió a pasar los dedos por la página rugosa que, algún tiempo atrás, en la memoria visual, contaba la historia de aquel mito que lo obsesionaba.

Alzó la vista al cielo con la mirada unánime de todos los ciegos del mundo, pupilas como plegarias inútiles, repetidas infinitamente, siglo tras siglo. En ese acto reflejo que de rabia y desolación había pasado a costumbre, pensó en el Minotauro como habría pensado en un hijo. O en sí mismo.

Quizás por compasión, quizás por empatía, se vio reflejado en la soledad de aquella criatura encerrada en el laberinto de sus propias sombras, espejo del número imposible de galerías que conforman el eclipse de la ceguera.

Se sintió aedo, como si el peso de los tiempos hubiera terminado de caer sobre el bastón en que se apoyaba, y quiso cantar la vida sin luz del hijo de Pasífae, su lento vagar a tientas, su patético destino en un palacio sin ventanas. Deseó con fervor componer el más hermoso de los poemas a aquel colosal error de la naturaleza, para que los milenios venideros recordaran espantados los gritos del monstruo sin soles.

Entonces se levantó. Se sostuvo sobre lo que se había transformado en cayado. Golpeándolo rítmicamente contra el suelo, volvió a alzar la vista a su noche eterna. En su laberinto de sombras, cantó como ya había cantado antes otro ciego, otro hombre.

En sus versos, el Minotauro comprendió al fin que, tras los ojos de Borges, miraba al cielo el Otro. Y que Homero los estaba pensando a ambos.

domingo, 12 de marzo de 2017

Último asalto

A qué estos gritos de repente y este dejar de querernos sin retorno. A qué los vecinos con casi medio cuerpo fuera de la ventana o las orejas pegadas a las paredes del piso, como si fuéramos una exhibición o el espectáculo del barrio, monstruitos de circo, mírate, mírame, míranos, pero sobre todo mírate, con lupa, con microscopio si hace falta, porque tú y solo tú eres el responsable, ¡pasen y vean!, porque sobre mis hombros no hay carga que pese de madrugada, porque aún no sé ni cómo la conciencia te sigue dejando dormir, comer, beber, lavarte las manos -¡cómo lavarte, Dios mío, si lo que has hecho no se limpia con jabón!-, abrazarte a los amigos de siempre, a tu colega o a cualquiera, pero sobre todo, escucha, sobre todo, atreverte a tocarme, sí, tú, siempre tan hippie, “haz el amor y no la guerra”, y ¡qué más da, si no me iba a enterar!
 
Bueno, pues se te acabó, lo siento mucho, porque este dolor es mío y me lo pienso llevar a la tumba, porque quiero, porque, ¿te has enterado ya?, me dueles, y eso para mí se queda, que tus besos los puedes compartir con otra, qué más da a estas alturas. Hasta aquí hemos llegado, campeón, a la próxima te esfuerzas más –es una crítica constructiva, no me malinterpretes, ya sé que el ego es débil, y al tuyo le faltan unas cuantas horas de gimnasio-. Es por tu bien, ése por el que siempre miras, ¿no?, tu-propio-bien, que siempre has creído compartir con el mío, que siempre te ha dado la gana de anteponer al mío, mejor dicho. Y es que todavía me acuerdo, fíjate, de aquellos “cariño, mis amigos me necesitan, lo mejor para todos es que vaya con ellos”, una y otra noche, una y otra noche, y a mi lado un vacío en la almohada, el vacío, tu vacío que no llenaban las sábanas sin cuerpo ni suplían un libro o una serie o una tila a las tres. Pobre estatua de cera, sábelo, que en eso me has convertido, amor, con la dulzura en tus palabras y aquellas caricias a las cinco de la madrugada, que así me decías, “amor, amor, ven aquí”, a sabiendas de que por fin dormía y tú regresabas con el aliento apestando a ron y a otra, a whisky y a otra, a deseo y a otra (no siempre era la misma, lo sé), pero ya no te importaba, ahora sí, recurrir a mí y hacerme sentir como una burra o una perra, ni deseada ni deseante, porque así me has moldeado, creyéndome tu costilla, tu Eva siempre imperfecta (y la pata quebrada y en casa, demasiado bien lo cumplía), el segundo alivio de tus noches, el oído sordo a los suspiros que ensayaban pronunciar un nombre que nunca era el mío. 
 
Y cuántas veces anhelé ser la Otra, aquella Otra universal sin rostro ni dedos concretos, a lo mejor con una sonrisa de miedo, un día u otro, con un culo que cortara la respiración, porque en eso te fijas, ¿me equivoco?, qué simplezas comparadas con la mujer que espera constante y despierta, los ojos insomnes en la oscuridad, la sangre en vela, el pulso resonando hueco con un único latido. Pero, a pesar de todo, te repito, siempre quise ser la Otra que se ganaba tus cumplidos al menos durante una hora, la que recibía tus miradas de reojo y sentía animal tu perfume al roce imprevisto, la que, al saber, se acariciaría el cabello y se inclinaría hacia ti poco a poco, cada vez más, hasta que sin acordarlo y de repente saliera por alguna puerta con la seguridad de que la seguirías segundos después. Deseé ser la Otra, escúchame, y saber lo que siente una mujer siendo mujer y no florero, que para ti eso soy, viéndose centro y no esquina del mundo de alguien, sabiéndose solicitada a las espaldas de la Una. Sí, lloré, sudé, me arranqué estos mechones que ves por dejar de ser la Una y ponerme un día los zapatos de la Otra, botas o tacones inevitablemente temporales –ya sé que la constancia no es lo tuyo-, pero que al menos un instante me harían quedar por encima de mí misma, de mi yo de siempre, de tu cielo que aguarda sola entre sábanas frías. Habría matado, óyeme ahora, solo por poder pisotear mi lecho sin hijos, las huellas ya olvidadas de la Una que he sido y nunca volveré a ser, por reírme frívola y ligera de tu Penélope en casa con los brazos cruzados y el corazón estallando en certezas, tu Dido estúpida y suicida, tu Eco invisible desde las sombras, tres Gracias absurdas en Una. Porque, amor, amor, cómo me habría arañado el rostro por disfrutar de esa liviandad de la Otra, que siempre es vana, volátil, mariposa que jamás liba dos veces del mismo polen; es decir, tú, en resumen, que te esfuerzas por resucitar los donjuanes en esta época en que el Amor ya agoniza, óyeme, agoniza sin tu ayuda. Tú y yo somos el último eslabón de esta cadena que lleva un siglo muriendo. No le hacemos falta, cariño. 
 
Pero, hoy que sé, el Amor con mayúsculas viene a expirar finalmente entre mis brazos, yo le aprieto ahora el cuello blando hasta asfixiarlo, mírame, mírame cómo le clavo las uñas en la carne y se va poniendo morado, le presiono las venas y se vuelve pequeño, pequeñito, es bellísimo, todo él se ha encogido hasta caber en el hueco de mis manos, gorrión apenas palpitante, y al final, cuando siento el latir definitivo, abro mi jaula de dedos para dejarlo salir, pero ya no quiere, qué lástima, ya no puede, pobrecito. Así que solo me queda gritar: ¡he matado al Amor! Escucha mi grito ronco, mi voz de mujer, mi pecho volcán y lava: ¡he matado al Amor! 
 
Ya basta de dolernos cada día y de fingirme ciega, sorda, muda, hecha de esperanzas que se pudrieron hace años en ese árbol marchito que eres, por el que caminan a sus anchas las hormigas y esconden sus nidos las arañas, sin ramas que alcen implorantes sus brazos de madera al cielo, sin verdor que asome tímido entre la carcoma; porque para ti ya no hay fe ni promesas que valgan, las has echado a arder en tu inmensa pira funeraria de excusas y retrasos. Y querías que yo ardiera con ellas, sí, cómo habrías disfrutado viendo las llamas lamer los ojos que besaste, la boca que besaste, el pelo, el vientre, el cuello, el pie izquierdo, la mano derecha, los cuatro meñiques que besaste, tú, tan sistemático. Cómo te habría encantado confirmarme ceniza, polvo apenas encendido, rescoldo minúsculo aún enamorado, humo, tos, átomo –poder decir Causa de muerte: cigarro mal apagado-, y sentirme fría sin tu abrazo de príncipe de película. Pero no, cariño, no. 
 
Porque si Dios me ha dado alas es para volar lejos de ti y hacerme alta, infinita, libre. Y si me ha dado voz es para romper estar cuatro paredes de angustia y deshacer este mundo que nunca fue nuestro, sino tuyo, solo tuyo (mi error fueron los pronombres, ya ves), y expandirme sobre las azoteas del barrio con sus mil rostros de vecinos asombrados que reprochan, y gritarte frente a frente que soy mía, que me quiero y te quiero sin mí, que esta amapola que relumbra bajo el seno izquierdo te escupe tus traiciones a la cara y vuelve a florecer, se yergue amplia, toda sangre, soberbia, Amapola, y se deja mecer por la brisa y baila bañada en rocío, valiente flor espigada desde la raíz y la sombra. 

 Y qué si se enteran de todo. Y qué si me quedo afónica y ahora ellos se preguntan a qué estos gritos de repente y este dejar de querernos sin retorno. 

No me callas más, no me callo más, ¡que lo sepan!, ¡que hablen! ¡He matado al Amor! ¡Que hablen! ¡Que miren! ¡Que hablen!